miércoles, 29 de septiembre de 2010

¡Póngase en la cola, por favor!

Las colas siempre han sido una pasión del ser humano, y todo el mundo lo sabe. No es ningún secreto, aquello de que nos guste ponernos en fila (india, como la llaman), uno detrás del otro esperando –en la inmensa mayoría de las situaciones– algo que ni siquiera nos gusta esperar. En el supermercado por ejemplo, se hace cola para pagar. Y la gente lo hace. Se ponen uno detrás del otro esperando pacientemente su turno para el destripamiento individual; y lo curioso es que solo se hace cola, si la compra es cara. Nadie hace cola por comprar un paquete de café (aproximadamente 0,95€), pero sí por una compra de cincuenta euros. Ahí, para que duela el bolsillo. Cosas de humanos, masoquismo, supongo.

El caso es que gusta ponerse uno detrás de otro como las botellas en la embotelladora de coca-cola. Por lo visto existe un lugar en el cerebro que encuentre adorable la vista trasera de la persona que se sitúa delante. Asimismo, la falta de cola (o el exceso de entretenimiento en la misma) en algún establecimiento público puede conllevar un vacío existencial difícil de rellenar, como pasa por ejemplo en las cafeterías. Cuántas veces entra Fulanito hablando con Menganito para ponerse en la cola de la cafetería, y cuando se viene a dar cuenta de que el camarero mira a ambos con especial interés, ninguno de los dos sabe realmente lo que quiere pedir. Es importante que el miembro de la cola sea consciente, de que se encuentra en ella.

Lo curioso de las colas, sin embargo, es que cuanto menor sea la consulta o actividad a realizar, mayor será la cola. La relación proporcional que esto supone, reduce notablemente el nivel de paciencia del que espera. Hace poco hice esta misma experiencia en dos lugares, y ocurrió en un margen relativamente reducido de tiempo: un día entero. No es broma. Si alguien dice “Voy haciendo cola”, es porque hay cola que hacer.

Resulta que por factores externos bastante irrelevantes, mi hermana necesitaba una fotocopia compulsada del título de familia numerosa. Dicho documento se encuentra bajo mi potestad, dado que hasta ahora siempre he sido la única de la familia a quien le ha hecho falta.

El problema se plantea en cuestiones de geografía; y es que a mi hermana y a mí, nos separa un inmenso Océano Atlántico desde hace cuatro años, cuando el documento de familia numerosa y yo emprendimos el viaje de Canarias a Sevilla para comenzar los estudios universitarios. Ahora, una fotocopia compulsada de mi acompañante debía regresar de vuelta.

Esta tarea, que en principio resulta muy poco complicada, terminó convirtiendo mi día en un fracaso absoluto, y ha desembocado en ampollas en las plantas de ambos pies. Resulta que es prácticamente imposible compulsar un documento en esta ciudad, a no ser que se entregue en el mismo acto. Lo cual complica mi cometido.

Explicando, suplicando que alguien me firme y me selle la dichosa fotocopia, se me ha mandado de un sitio a otro, cada uno menos competente (a la par que convincente) que el anterior. En alguno de mis destinos se me ha explicado (evidentemente después de una larga cola) que no se sellan los documentos canarios. Me he preguntado por qué, hasta llegar a la conclusión de que no se debe a su origen canario, sino más bien a su origen no-sevillano.

Sospecho que será fácil para cualquier secretario decirme que a la vuelta de la esquina hay una “oficina con funcionarios públicos que podrán resolverme el problema”. El caso es que a la vuelta de la esquina solo me encontraba con colas infinitas, y la oficina repleta de funcionarios públicos que me esperaban dispuestos a firmarme todos los documentos que llevara encima, resultó ser una comisaría en la que a mi pregunta “¿Sabe dónde puedo compulsar un documento?” se me respondía con “Póngase en la cola, por favor”. Evidentemente, dada mi suerte, esto no significa “Si te pones en la cola, te lo compulso”. Significa más bien: “Ponte en la cola, espera una hora y luego te digo de forma muy complicada dónde posiblemente puedan hacerte el favor”.

Porque resulta que es un favor, aquello de poner un sello y hacer un garabato a modo de firma. La frase “Póngase en la cola, por favor” es su favorita y mi lema de hoy. Todos sabemos que las colas no son importantes, son necesarias. Todo el mundo hace cola, y quien prefiere saltársela será provisto de una llamada de atención (normalmente brusca), o en los casos menos comunes, observado con mirada inquisidora por encima del hombro. Las colas, como todo el mundo sabe, empiezan por atrás.

El hecho de tener que esperar una hora en una cola, para luego ver el plan inicial de compulsar una fotocopia romperse en mil pedazos, hace que uno se sienta insatisfecho, frustrado y cabreado con el mundo entero. De pronto, todos están en mi contra. Incluso los que ni siquiera saben que existo. El caso es que no he podido compulsar mi papel, por lo que decidí plantearle mi problema a la secretaria de mi facultad.

La secretaria de mi facultad es una señora muy simpática que adora a todo el mundo y regala caramelos, firmas y sellos por doquier. O eso es lo que los estudiantes de cursos superiores al primero, queremos hacernos creer a nosotros mismos. Es un duro ejercicio de visualización que comienza desde que se coge el número (porque aparte de hacer cola hay que coger un número), y se ve reducido a cenizas en cuanto vemos la realidad ante nuestras narices: y es que cuando esa realidad te salta a la cara y te soba con sus horribles tentáculos, resulta tarea imposible no admitir que la secretaria de mi facultad es un ogro. Y esa ruptura de un sueño irreal y totalmente ilusorio, se manifiesta con la llegada a la ventanilla de consulta; es decir: cuando por fin se ha terminado la espera en la cola.

En mi caso concreto, la fantasía de una fotocopia compulsada de mi carnet de familia numerosa, explotó como una burbuja en el momento en el que la secretaria-ogro puso sus manos sobre el mostrador, sacó su cabellera fijada con laca por la ventanilla y anunció que solo se atenderían los números anteriores al diez, dado el inminente cierre de la secretaría.

Por algún azar que todavía no logro entender, el número once resultó ser el mío. La cola que se había formado detrás de mí, se disolvió a velocidad de la luz. Y eso que nos gusta hacer cola. Nos gusta tanto, que volveremos mañana.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Sobre la verdad personal y relativa de cada uno

¿No es la más absoluta de las verdades, la que deja abiertas las posibilidades menos reales?

Sería verdaderamente apasionante pensar que mi verdad absoluta me permita saber que el arriba y el abajo puedan confundirse. Que el rojo pueda ser marrón y el negro azul. Que la derecha y la izquierda sean relativos, el paso del tiempo pueda acelerarse o pararse según se te antojara. Que el calor pueda producir escalofríos y el suelo bajo los pies pueda desvanecerse en el momento menos oportuno. Que confundas tu respiración con la persona que está sentada enfrente de ti, por muy poco que la conozcas. Que los latidos de tu corazón se sincronizaran con el goteo delante de la ventana, si algún día volviera a llover. Que el olor de tu flor favorita pueda convertirse en desagradable si la regalara la persona equivocada. Que el sabor del café pueda amargarle el día a un cafeinómano. Que correr a toda velocidad no sirviera para nada, y que al andar despacio se te cortara la respiración. Que el insomnio se volviera tan agotador que te hiciera dormir. Que guardando las distancias estuvieras cada vez más cerca. Que el silencio más incómodo de fuerzas para sonreir. Que el hipo produzca risa, y la felicidad aumente el hipo.
Que las grullas de papel aprendieran a volar.
Que de repente, el mundo estuviera al revés.
Y que nada fuera como antes.