sábado, 24 de enero de 2009

artista

Ella jugaba con su pelota roja y verde. Cada vez que rebotaba en el suelo, hacía un ruido divertido, tal vez un poco mudo. Entumecido.
Quizá fuera ella, la que algún día me sacaría de algún apuro. Quizá me meta en un problema gordo, del que sólo ella podrá sacarme. Sospecho que algo así sucederá.
Un verano entero pensé en lo que sería de ella cuando toda influencia del mundo exterior deje de tocar su delicada ternura infantil. Cuando sea una persona hecha y derecha, a la que nadie pudiera influenciar. Una persona terminada. Recién salida de fábrica. Lo cierto es que no lo sé. No metería la mano en el fuego, no me arriesgaría a apostar por el caballo equivocado.
Siempre fue así (y en el fondo todos lo sabemos): nos formamos en función de lo que otros esperen de nosotros. Somos lo que de pequeños se nos ha inculcado. Crecemos como una planta, en la dirección adecuada. Correcta. No siempre sale bien, eso lo sabemos de sobra. De quien se espera demasiado, sale una persona maravillosa, o un rebelde sin causa (y una cosa no quita la otra).
Ella nunca tuvo miedo de decir lo que quería. Siempre baila y canta. Entretiene. Lo vive. Lo sueña. Toda niña lo hace.
Tira la pelota contra la pared, esta vez con más fuerza. Rebota y deja que se escape. Sigo la bola de colores con la mirada. Después de rebotar varias veces en el suelo del patio, desaparece entre los matorrales. Ella también la sigue con la mirada. Una vez dejo de mirar la pelota y desvío mi mirada hacia ella, se encoge de hombros. Luego se da la vuelta y pretende marcharse; no sin antes dedicarme una sonrisa, de estas que me dicen: "sabes que la tienes que recoger tú."
Sin decir palabra alguna, me levanto y me planto delante de ella. Se enseño la lengua. Ella hace lo mismo. Hago una mueca, ella otra. Siempre es lo mismo. Alguien empieza, nadie para.




Y es verdad que siempre quisimos ser artistas.