domingo, 26 de octubre de 2008

Del vacío. Y del adiós que nunca pronunciaste.

Texto sobre el amor. ¿Qué coño es el amor?

Sé que he violado mi derecho a acercarme a ti. Tú me decías que no lo hiciera, pero no pude evitarlo. Olías tan bien… Ahora todo se ha acabado. Me lo advertiste. No te hice caso. Ahora tengo que vivir con las consecuencias. Sólo.

No es que no me lo hubieras advertido, ya lo sé. Pero nunca pensé que fuera tan duro. Vivir sin ti. La frase comienza a cobrar sentido cuando ya estás lejos. Antes no la sentía tan cerca, pero ahora me devora el significado de sus huecas palabras en mi cabeza. Me devora el saber que posiblemente no vuelva a verte jamás.

Cuando te vi la primera vez no llegué a pensar que algún día fueras mía. Aunque por poco tiempo, pero lo fuiste. Fue en la fiesta de tu amigo Adam. Es curioso. Nunca le caí bien del todo. Ni él a mí. No entiendo cómo es que seguíamos quedando en la barra de aquel bar. Nos emborrachamos juntos. Jugamos a las cartas. Nos íbamos a casa. Cada uno por su lado. Y no volvíamos a vernos hasta dentro de un mes.

Siempre que se sentaba a mi lado en aquella barra, tenía la impresión de que a él le pesaba más que a mí. De que estaba más enamorado de ti que yo. Pero eso es imposible. Nadie pudo amarte más que yo. Por lo menos quiero pensarlo. Mi locura no tendría sentido si así no fuera. Siento como el vacío en mi interior se vuelve cada vez más grande, conforme va aumentando el tiempo de tu ausencia. Que me pesa como un lastre que no puedo soportar. Y aún así lo hago día a día.
Mi vida ha dado un vuelco increíble. Ha cambiado y yo no quería que lo hiciera. Ha sido un cambio en contra de mi voluntad. Joder. Si los cambios rara vez suceden a favor de mi voluntad. ¿Para qué quejarme? Estoy acostumbrado.

A lo que no puedo acostumbrarme es a tener que vivir sin ti. Sin verte una vez más. Sin besarte. Sin amarte. Y eso que probablemente sea el tipo con más suerte del mundo. Porque te tuve. Te tuve tan cerca que ni siquiera supe apreciarlo. Ocurrió en tan poco tiempo que no llegué a acostumbrarme a tu olor. A tu mano sobre la mía. Tal vez eso sea algo bueno. Antes de que lo nuestro se haya convertido en rutina… que estupidez más grande.

Nunca fui un buen escritor. Nunca escribí cosas demasiado buenas. Tampoco demasiado malas. Eran cosas normales, que le pasa a la gente normal. A esa que es como yo. A esa a la que le pesan las mismas cosas que a mí. Siempre escribí para librarme de ese peso, y hasta el día que te conocí, lo lograba; de una manera o de otra. Luego llegaste tú. Y se me acabaron los finales felices. De repente no supe recoger la frustración de mi personaje para crear un final aceptable. De repente, mis personajes eran aún más desgraciados que yo. Posiblemente porque en ese momento yo ya no era tan desgraciado.

Muchas veces Adam me ha echado en cara el haberte perdido. No fue culpa mía. Al menos quiero creerlo. A decir verdad, siempre supe que algún día te irías. Nunca pareciste ser de las personas que esperan a que crezcan raíces. Siempre quisiste viajar, largarte de esta ciudad, de este país. De este mundo. De este maldito mundo, solías decir. Y yo te entendía. Lo entendía todo. Aunque me daba miedo, porque supe que no me esperarías. Supe que te irías así, sin más.

Una vez se pasó. Hace ya algunas semanas. Estábamos en aquel bar, el de siempre. Ya algo borrachos, él había llegado antes que yo. Normalmente es al revés. Pero ese día no. Según el barman, había bebido ya unas cuantas copas, se había dejado invitar por una chica, que mostraba un interés demasiado latente en que bebiese más. Pero dado que Adam no hace más que hablar de ti cuando se emborracha, la chavala no lo soportaba más y se largó pronto.

Cuando llegué, en realidad ya no se mantuvo en pie. Se había apoyado en la barra y tenía un aspecto muy descuidado. Su pelo rubio había adoptado un color grisáceo, tipo ceniza. Sus ojos marrones habían perdido todo su brillo, me recordaban al papel fotográfico semimate que utilizaba mi abuelo para revelar fotografías en blanco y negro. Su camisa a cuadros no estaba planchada, y la que llevaba debajo estaba sucia. Vaqueros rotos. Mojados. Zapatos desatados. Se asemejaba mucho a una de estas fotografías de mi abuelo. A un retrato en sepia. Descolorido. Desaturado. Muerto. Inerte. Borracho.

Admito que yo tampoco iba del todo sobrio. Nos invitamos a una copa. A dos. Nos turnábamos pagando, llenándonos de chupitos y cubatas. Ron. Whisky. Tequila. Vodka. Yo que sé que más. Finalmente todo daba igual. Éramos dos enfermos en la barra de un bar. Enfermos de amor. De desamor. Parece una estupidez, pero tú fuiste nuestro único tema de conversación. Tanto que pasamos de conversar a discutir. Como una pareja. Finalmente mi peor miedo se hizo realidad: él estaba enamorado de ti. Coladísimo. Tanto que me echaba la culpa de que te hubieras ido.

La noche terminó en desastre. En urgencias. Hospital. Odio los hospitales. Y después de esa noche, supongo que él también los odiará. No recuerdo muy bien qué me dijo, pero acabé dándole de ostias. Y él a mí. Es bastante más fuerte que yo, y había perdido toda la vergüenza y el pudor a base del alcohol. Me dio bastante fuerte, me partió una paleta, el ojo morado, un piquete en la frente y me abrió el labio inferior. Ése que solías morder mientras… En fin, que yo lo dejé peor. ¿No es eso lo que se suele decir?
Llevo unas semanas sin verlo. Mis heridas ya apenas se ven. Se han curado. Las físicas. La tuya sigue ahí. Duele. Cada vez que me despierto por la mañana, me duele el espacio vacío que existe a mi lado. Me duele el olor que pienso que has dejado aquí. Me duelen las pisadas, los pasos que pienso escuchar cuando se acerca la hora de tu llegada a casa.

Fuimos muy felices, durante un tiempo. ¿Recuerdas que lo comentaba antes? ¿Recuerdas aquellos momentos? Fue como conocerte de siempre. Tenerte de siempre ahí. Verte. Acariciarte. Morderte. Besarte. Secar tus lágrimas y compartir tu sonrisa. Siempre preguntamos ¿qué nos ha pasado?, cuando ya es demasiado tarde.

Porque fuimos felices. Hasta ese día. Sólo un día. Que bastó para arruinarlo todo. Un día en el que con tus actos me dijiste: Ya no te quiero. Me voy. Porque fue eso. Y no fue más.

Fue un buen día, que recogiste tus cosas del suelo, las metiste en tu mochila y te marchaste.
Así. Sin avisar.

Por decir, no dijiste ni adiós.

sábado, 25 de octubre de 2008

Mundista











Así (exactamente así) es ella. Muy bella. Por dentro y por fuera.










Clara y los libros.

martes, 21 de octubre de 2008

Sobre el ciclismo urbano o cómo matarse en bici (en ciudades como Sevilla)

Aprovechando el tiempo que pierdo en algunas asignaturas en las que me aburro demasiado y no paro de bostezar (tanto que el profesor ya me mira con caras extrañas), comienzo a reflexionar sobre el día que llevo hasta el instante.

En realidad, en lo que más pienso es en mi viaje en bici desde casa hasta la facultad, y en la cantidad de veces en las que casi pierdo la vida (o una pierna, o un brazo, o la cabeza, por no hablar de los nervios). Para llegar a la facultad, tengo que seguir un tramo de carretera para luego llegar al carril bici que el Ayuntamiento de Sevilla ha instalado por toda la ciudad, y al que no se ha acostumbrado nadie.

Esta mañana, dicho carril estaba mojado. De hecho, cuando salí de mi casa, todavía estaba lloviendo algo. Algunos ciclistas habían salido de sus agujeros envueltos en sacos de basura (que en realidad resultan ser chubasqueros comprados en los chinos. De talla única). En los charcos se reflejaba el cielo algo nublado y estuve a punto de caerme en uno de ellos cuando un peatón con un paraguas demasiado grande cruzó mi camino de manera inesperada (en realidad sí me lo esperaba, pero el paraguas distrajo mi sentido de concentración hipersensible).

A decir verdad, pienso que el carril bici es el nuevo método de suicidio. Antes Anna Karenina se tiraba ante un tren. Hoy en día se tiraría al carril bici de la ciudad de Sevilla. Aunque reconozco que es algo muy cutre. Se ha suicidado tirándose ante una mountainbike marca Decathlon de 21 marchas y frenos de disco. No queda igual que decir que la ha arrollado una locomotora.

El Ayuntamiento ha puesto a disposición del ciudadano una serie de bicicletas de uso público. Es lo peor que pudo hacer. Ahora, quien antes no tuvo oportunidad de matarse en bici, tiene la oportunidad de matarse a sí mismo y a todos los ciclistas que antes podíamos habernos salvado. Desde que existe este servicio (que lleva el cutre nombre de Sevici, que hace que todos los de letras nos llevemos las manos a la cabeza en un primer momento), los carrilles bici de esta ciudad parecen ser demasiado estrechos. ¿O es que las personas no sabemos ir en línea recta sin chocarnos con el que viene de frente? De repente parecen convertirse en conductores ebrios.

De esta manera procedo a hablar de mi viaje hacia la facultad. Hablamos de veinte minutos de peligro pleno a los que se somete uno cuando emprende esta odisea. El primer obstáculo es la incorporación a la vía. Es un problema mayor cuando vives en una calle en la que no hay carriles. Carriles bici, digo. Los conductores de vehículos motorizados de esta ciudad parecen pensar que la bici no tiene derecho a ir por la carretera. De la misma manera, los peatones defienden la acera como un espacio propio de ellos. Se entienden ambas posturas. Pero los ciclistas todavía no hemos aprendido a volar.

Una vez resuelto el primer problema, llega el segundo: los coches aparcados en el carril. A primeras horas de la mañana suelen ser furgonetas. Es un tanto incómodo que el repartidor del pan de molde abra de golpe la puerta posterior de su furgoneta justo en el momento en el que voy a pasar. Una vez haya evitado comerme esta puerta, esquivándola, me doy cuenta de que estoy a punto de atropellar a una joven madre con un crío de dos años en un carrito.

Todo esto sucede tan rápido, que cuando grito el insulto (por norma general ‘joputa imbécil, porque no se me ocurre otra cosa en el momento), la madre del crío se siente aludida y me insulta de mala manera.

Cruzo una avenida. Por mucho que haya carril bici a lo largo de todo el paso de peatones, me como un bordillo de casi quince centímetros de alto. Dolor (que el problema nunca ha sido bajarlo. Sino volver a subir sin bajarme de la bici). Esto por no hablar de cepillarme de forma dolorosa (o por lo menos molesta) todo el alcantarillado de esta ciudad (el alcantarillado es eso de las tapitas en la calle de las que salían las tortugas ninja cuando yo era niña).

En el próximo cruce hay un paso de peatones en mi propio carril. Admito que muchas veces paso de largo y ni me fijo en que está ahí. Hoy hay un grupo de cuatro señoras paradas en medio.

-¡Niña!, me grita una cuando peleo en voz alta y las esquivo.
-¡Que esto es un paso de peatones!
¡Evidentemente, señora! Es un paso, no un paro de peatones. ¡Sus muertos en vinagre, coño!

Me trago todos los semáforos en rojo, y cuando están en verde, un coche que no se ha dado cuenta casi me lleva por delante. Dos chavalas de Erasmus que van en medio del carril saltan a un lado cuando las llamo la atención y me insultan en francés (o en un idioma similar que sonaba a francés).

En el puente voy por la acera porque no hay carril bici. Un chaval (de chaval nada, que el tío los cuarenta ya no los cumplía), me echa la bronca y me dice que vaya por la carretera. Una vez voy por la carretera, un coche (enorme) me pita y me roza el hombro con el retrovisor. Horror.

Llegando a la facultad comienza a caer un chubasco que hace que me asalten las ganas de volver a casa. El recuerdo de mi cama. Mi manta. Chocolate caliente. Café recién hecho. Una peli malísima (o buena, que no menosprecio nada). Sin embargo estoy aquí, paso por un charco y me mojo los pantalones hasta las rodillas.

Al volver a subir a la acera (y a causa del bordillo extragrande) bendigo el hecho de haber nacido mujer. Eso sí: por poco me voy de morros, por culpa del resbaladizo carril de los cojones. Mierda. Doble mierda. Mañana voy en Tussam.

sábado, 11 de octubre de 2008

La Promesa





“¿Alguna vez has ido a Nueva York?” preguntó mientras doblaba el papel de fumar, envolviendo así algo de tabaco.




“No,” contesté y me encogí de hombros.











“Entonces te llevaré,” afirmó y colocó entre sus labios el cigarro recién liado. “Algún día, créeme, te llevaré.”

Libertad

Subimos a los tejados de esta ciudad.
Y la libertad nos sabía a poco.