sábado, 9 de agosto de 2008

El fuego

A veces, en cualquier historia, hay que tomar decisiones importantes, en cuanto al destino de los personajes. No siempre es fácil, los personajes suelen ser eso mismo: personajes. Tienen su carácter, su personalidad y su voluntad.

Tuve un personaje que me hacía la vida imposible. Fue un caso excepcional, interpretaba su papel de manera increíblemente creíble. Nadie podría haber negado que fuera un buen actor. Un buen personaje, a su manera. Pero siempre estuvimos enfrentados. Como la noche y el día. Como blanco y negro. Agua y fuego.

Lo cierto es que yo lo sabía todo acerca de él… al fin y al cabo, yo lo había creado en su momento. Pero él no me conocía de nada. De hecho, cuando me enfrentaba a él, no lo hacía por medio de mi autoridad como creadora de su ser, sino como co-personaje. Sí, en su mundo, yo tenía un personaje propio, que hablaba por mí, que intentaba manipular sus actos de una manera o de otra.

Mi personaje (es decir, el que representaba a mi persona) nunca tuvo un nombre, y mucho menos una cara. Algo poco común en mis personajes. Siempre tienen un nombre, un apodo, o por lo menos un número de serie. De la misma manera suelen tener una cara, o por lo menos rasgos característicos, indumentaria llamativa… algo con qué identificarlos. Mi personaje no. Quizás desde el principio fui yo misma, y por eso nunca sentí la necesidad de darle un nombre que no fuera el mío.

Él, al contrario, lo tenía todo. Tenía un nombre y un apellido. Tenía una raza (aunque parezca muy raro, no era del todo humano), y en realidad era un personaje muy poco maligno. Era pacifista, y un líder desde el primer momento. Vestía de manera muy particular, aunque al poco tiempo de conocerlo dejó su sombrero y sus botas de cuero, junto con su capa larga y negra en un armario en la casa de su mejor amiga Marian. En un principio quise que ella fuera su conciencia, pero se negaba. Lo supe: estaba demasiado enamorada de él como para intentar manipular sus actos.

Por eso tuve que entrar en su mundo y hablarle como si fuera una persona normal y corriente. Lo cierto es que no tuve ninguna dificultad… pero nunca pude decirle quien soy realmente. Y nunca tuve que hacerlo. Intenté convencerle muchas veces de que no hacía bien, intentando quedarse en nuestro mundo (accidentalmente, hace veinte años, cayó en un portal y de pronto se vio involucrado en nuestro mundo, en el que casi fue atropellado por un coche y arrollado por un vehículo enormemente grande, de carácter público. Al cabo de estos veinte años, su amigo mago Mang logra reabrir el portal para buscarlo en nuestro mundo… pero él no quería volver a su tierra). No quiso hacerme caso, y al intentar persuadirle dije algunas cosas que no le gustaron.

Su apariencia física me parece algo desagradable. Se ha convertido, en unos instantes, en el personaje más agresivo y menos tranquilo que he creado, y en parte es culpa mía. No. En realidad, toda la culpa es mía. Tiene las cejas totalmente subidas, parece haber cosido los extremos interiores de ambas con un hilo, el ceño completamente fruncido. Veo sus enormes colmillos, cosa poco común, y en sus ojos verdes luce un brillo tremendamente cabreado. Sólo falta que por sus fosas nasales desprenda ese destructivo y vivo rojo, que tanto quema lo que antes respiraba. Sería capaz de hacerlo.

Yo, asustada, doy dos pasos hacia atrás. Estoy aturdida, desconcertada. Nunca lo había visto así. Él aprovecha mi inseguridad para intimidarme aún más.

“¿De qué me crees capaz?” pregunta. “¿Crees que podría matarte? Estás en lo cierto. Podría hacerlo. Pero no estoy seguro de si es lo que quiero. No es mi estilo, ¿sabes? No me llames descorazonado. No lo digas, podrías arrepentirte antes de lo que crees… si supieras cómo soy realmente…” su voz es un susurro, muestra todo el desprecio que siente hacia mí. En este instante sospecho que él sospecha algo. De que huele a través de mi frío sudor, que soy yo quien le da el aliento. Quien le da vida. Quien hace latir su corazón de reptil de la forma más humana posible.

Sin embargo, en vez de intimidarme, comienza a darme pena. Y esa es su perdición. Yo no sería capaz de contestarle. No sería nada justo decirle el poder que ejerzo sobre él. Si fuese por él, tendría el poder suficiente como para manipular a todo ser de este planeta. Si fuese por mí, él no sería nada. Aire, que necesito para vivir. Si me beneficiara podría hacer que desapareciera. Pero por ahora esto es completamente innecesario.

“Sé cómo eres realmente… créeme,” digo en voz muy baja. “Sé que no eres así realmente. Que hay algo en ti que suprime tus impulsos salvajes. Tú no eres así. No. En realidad eres algo cobarde. Por eso no quieres volver. Tienes miedo de ver en lo que se ha convertido tu tierra en los últimos veinte años. Temes afrontar el resultado de la soberanía total de tu malvado padre. Temes lo que te espera bajo sus hermosas y terroríficas alas de dragón…” no llego a decir nada más. He puesto el dedo en la llaga. De manera violenta aparta su cara de mí y en un abrir y cerrar de ojos ha quemado una silla que se encontraba cerca de la pared. Ardiendo se hace cenizas y deja una huella negra en la pared, mientras sus restos se reparten ligeramente sobre el suelo, antes de ser levantadas por la leve brisa del viento.

“¿Crees que es una solución? ¿Crees que destruyendo serás capaz de arreglar lo que tienes que arreglar? Porque tienes que hacerlo tú, no hay duda alguna. Y lo sabes. No hay nadie más que pueda hacerlo…”

Aprieta fuertemente su mandíbula inferior contra la superior. Está dudando, lo veo en su mirada. Observa las cenizas, revoloteando en un pequeño remolino sobre el suelo, giran siempre en círculo.

“Tu fuego no es la solución. No puedes destruir todo lo que te haga sentir mal…”

“El fuego… es cómo el agua. Destruye, pero también crea… ¿Quién dice que tengo que renunciar este camino?” tiene la mirada perdida, abstraída. En su mente viaja lejos, ya está en casa, volando sobre sus tierras y sus mares.

“El fuego crea menos que el agua,” interrumpo su pensamiento.

“En este caso no… podría quemar tus manuscritos…” hace una pausa para esperar mi reacción. Trago saliva. Así que se ha dado cuenta de quién soy. Intento no mostrar mi inquietud, mi temor. Me encojo de hombros, lo cual desvela aún más mi inseguridad. “Pero yo siempre renaceré de sus cenizas. Soy tu Ave Fénix. Siempre estaré ahí. Me llames como me llames, siempre estaré ahí… seré robusto, fuerte…” dice finalmente, y sabe que ya se ha rendido ante la decisión de devolverlo a su tierra.

Lo que él no sabe, es que mis manuscritos están escritos a lápiz… y que con sólo tomar una goma de borrar, sería capaz de destruir toda su esencia…