miércoles, 4 de junio de 2008

El periódico


Entré mientras estabas comiendo –queso con galletas– y leyendo el periódico. Me quedé embobada en la puerta, mirándote. Me gusta cuando comes, porque tienes la costumbre de mezclar sabores en tu boca. Por eso no me sorprendí nada cuando estiraste la mano para coger una zanahoria del plato que había delante de ti y mordiste un trozo, sin apartar la mirada de la página 15 del diario.

Temí que notaras mi presencia. Me daba miedo hasta respirar, quería que todo permaneciera igual que en ese momento, para siempre. Llevabas mis pantalones de pijama, azules con rayas blancas, y una camiseta gris. Zapatos no llevabas. Ni calcetines. Tus pies reposaban sobre la alfombrilla debajo de la mesa. Tengo que decir que me gusta cuando vistes de colores claros, porque te hace parecer más tranquilo, menos oscuro.

Me acerqué lentamente, para no asustarte y romper la imagen. Cuando llegué a la mesa y me senté a tu lado, levantaste la mirada y con la lengua te limpiaste las migas de galleta que habían quedado sobre tus labios.

-He cogido esto del frigorífico, espero que no te importe. Tenía mucha hambre, y…

Te interrumpo.

-Tranquilo. Come lo que quieras. Tampoco es que haya mucho…

Por una razón que desconozco, mi cara se oscurece algo, al sonrojar.

-¿Hay algo interesante en el periódico? Pregunto, para cambiar de tema.

Meneas la cabeza ligeramente, de un lado a otro. Y yo bajo la mirada, miro tu mano sobre la mesa. Me gustaría cogerla, apretarla suavemente, para que sientas que estoy aquí. Me gustaría besarte, pasar mi mano por tu pelo. Me gustaría hacer tantas cosas, y todas pasan en el interior de mi cabeza. Pero ninguna es real. Mi mano no pasa por tu pelo, ni tampoco coge la tuya. Mis labios permanecen cerrados. No me atrevo a hablar, no quiero estropear el momento.

Estoy completamente vestida, y te das cuenta. Sin embargo pareces no saber qué decir, y por eso callas. Así aguantamos unos veinte minutos. Uno al lado del otro. Sin hablar. Ambos tenemos la mirada perdida entre las letras del periódico. Seguimos las líneas casi a la vez, pero sin leer. De hecho no recuerdo el tema del artículo.

De repente, y sin aviso previo, rompes el silencio.

-¿Te vas?

-Debo hacerlo. Tengo algunos asuntos pendientes en la facultad.

-Vamos, que tienes un examen…
-Esa es una de las razones, sí…

-¿Cuándo volverás?

-Tarde, seguramente. Cuando vuelva ya te habrás ido.

Antes de terminar la frase ya me arrepiento. Con esto te he dejado claro que no admito que te quedes más tiempo de la cuenta. Que quiero que te vayas. Y en realidad es mentira. No lo quiero. Todo en mi interior grita tu nombre, lo raya con las uñas en las paredes de mis entrañas.

No dices nada. Sólo miras el periódico. Y yo te miro a ti. Quisiera pedirte que levantes la mirada, para poder ver tus ojos. Tus maravillosos ojos. Esos torbellinos de color indefinido, con el brillo especial. Quisiera que me miraran, que me dedicaran un poco de tiempo. Quisiera pedirte solo una mirada. Solo un momento más bajo tu atención. Pero no me atrevo.

No, no te dije nada. Ni siquiera una palabra. Sólo observé cómo tus párpados temblaban, cuando moviste los ojos por la dichosa página del periódico. Quise cogerla, arrancarla. Tirarla. Pegarla en mi cara, para que me mires a mí.

De repente escucho tu voz. Como si estuviera muy muy lejos.

-¿Te importa si me llevo el periódico?

¿Que si me importa? ¿Quieres saber realmente si me importa que te lleves mi periódico? No, no me importa. Sólo me importa que te vayas. No quiero que te vayas.

-Sí, llévatelo. Ya compraré otro mañana.

¿Y si no? ¿Y si mañana no hay periódico? ¿Y si las noticias de hoy no son capaces de llenar los periódicos de mañana?

Miro mi reloj. Es tarde, debería marcharme. Suspiro. Malentiendes.

-Tranquila, ya me voy. Sólo tengo que vestirme.

¡No! No quiero que te vayas. No puedes irte. Si yo… quiero que te quedes. Pero debo echarte. Debo decirte que te marches. Cuanto antes.

-No es eso. Puedes quedarte todo el tiempo que quieras.

¿Todo el tiempo que quieras? ¡Pero si es mentira! Y por el otro lado es verdad. Me siento fatal. Bajo la mirada. Vuelvo a suspirar. Me cuesta. Y no quiero que te vayas. Pero es lo mejor. Y lo sabes. Lo sabemos los dos.

-Bueno… debo irme.

Me he levantado, miro el estado de mi ropa, toqueteo mi camiseta con las manos. Estoy algo nerviosa, no sé que hacer.

-Vale. Nos vemos a la noche.

Te has levantado también. Me miras a los ojos. Veo un brillo en ellos que no había visto antes. Me piden a gritos que te siga la corriente. Que te diga que sí, que nos vemos esta noche. Para que no cueste tanto la despedida.

Asiento levemente con la cabeza.

-Sí.

Mientras lo digo, mi voz se ahoga en el intento de no llorar.

-Que tengas un buen día.

Tu voz está algo ronca, veo en tus ojos que has conseguido quererme, aunque sólo sea un poco y de una manera muy extraña. El impulso lleva al abrazo, me lanzo hacia ti. Pones los brazos alrededor de mí, con sumo cuidado de no entrar en un contacto demasiado íntimo. Intento fallido.

-Debo irme.

Y me voy. Salgo por la puerta e intento no mirar atrás. Se me hace difícil, pues aunque has cerrado la puerta detrás de mí, sé perfectamente que me sigues con la mirada desde la ventana de la cocina.



A la noche, cuando vuelvo, te has marchado. No queda nada en mi piso, nada que recuerde a ti; excepto una leve nubecilla de tu perfume. Rezo para que no se vaya jamás, pero es inútil. A la mañana siguiente habrá desaparecido.

En la mesa del comedor encuentro el plato vacío. Quedan algunas migas y un trozo de queso, muy pequeño. Mi costumbre de siempre me obligaría coger el plato y limpiarlo en el momento, pero decido dejarlo ahí, para tener la impresión de que estás ahí. Por muy falsa que sea.

En el dormitorio veo mi pantalón de pijama, azul de rayas blancas, cuidadosamente doblado encima de la cama. Suspiro. Me doy la vuelta. Salgo. Vuelvo a entrar. Todo está como siempre.

Efectivamente. Lo único que falta es el periódico.

domingo, 1 de junio de 2008