domingo, 11 de mayo de 2008

Atrapando lunas

Un día intenté subirme a un árbol que decía ser lo suficientemente alto como para alcanzar a la luna. Yo desde niña había querido averiguar el tacto de este astro, y ya desde que tengo uso de razón intentaba imaginarme la textura de su cuerpo. Por eso cuando me dijiste, medio en broma y medio en serio, que aquel árbol me llevaría a conocer la verdad sobre lo que yo buscaba, pensé que sería lo mejor intentarlo. Esperabas abajo, mientras yo trepaba por el tronco y lograba subirme en una de las ramas más bajas. Pero éstas eran viejas, crujían bajo el peso de mi cuerpo cuando logré llegar a una altura medianamente decente.
“¡Baja de ahí!” me decías. “Te harás daño.”
“¡Ni hablar!” te contesté. “Quiero tocarla… es lo único que me gustaría hacer en este momento.” Y te mentí, cuando dije eso. Fue mentira. Pero yo no lo sabía. Lo comprendí algunos instantes después, al romper la rama. Fue un golpe duro, demasiado fuerte; y yo, con las manos empapadas en barro, intentaba levantarme del suelo, mientras tú reías a pocos metros de mí. Me resultó indignante, avergonzada susurré un insulto leve y me levanté del suelo.
“¿Has visto? Has caído como una piedra en la mierda. Si es que contigo nadie se aburre. Siempre acabas haciendo el ridículo…” decías, y yo, claro, me puse colorada. Es normal, después de todo estaba enamoradísima de ti…
“Muchas gracias,” decía yo indignada y te daba un empujón. Pero muy suave, sin ánimo de hacerte daño.
“Anda, no te enfades. Sabes que es broma…”
“Sí, ya…” dije mientras me frotaba el codo izquierdo con la mano derecha.
“¿Te has hecho daño?” me preguntaste, y me encantó el tono algo preocupado en tu voz.
“No, no es nada,” mentí por segunda vez. La verdad es que me daba vergüenza. Mi estupidez, mi torpeza, y no por último mis sentimientos hacia ti, que llevaban meses ocultos tras la sonrisa de buena amiga con la que te saludaba cada mañana. En realidad me apetecía gritar con todas mis fuerzas, todo eso que había dentro de mí. Pero temía herir tus sentimientos, dañar y cortar las alas de tu libertad.
“Anda, espera,” me dijiste y cogiste mi mano, para que dejara de frotarla contra mi codo. Por un momento, mientras mi mano permanecía en la tuya, sentí un golpe de calor y de frío. Fue como si un cohete despegara en mi estómago. Sentía dolor y al mismo tiempo alivio. Me sentía triste y a la vez contenta. Tragué saliva. Nunca supe el por qué. Y sin saber que pasaba, sentía cómo una pequeña lágrima descendía por mi mejilla.
Posiblemente fue una lágrima que demostraba la vergüenza que estaba pasando. O porque me sentía triste, pues aún no me habías besado. Pero creo que la explicación más lógica es la de una niña, que se cae; y si nadie mira sigue jugando tranquilamente. Pero desde que le hagas un poco de caso, rompe a llorar. Sí, creo que lloraba sólo porque intentabas consolarme.
“¿Por qué lloras?” preguntaste, y sólo con hacerlo hacías que se desprendieran más lágrimas de mis pestañas.
Yo me encogía de hombros. No podía explicártelo. Me resultaba tan absurdo… me sentía tan estúpida, y tan eternamente tonta… tanto que aún me asombra lo que pasó a continuación: acercaste tu cara a la mía y me diste un beso en la mejilla, justo donde antes se había encontrado esa estúpida lágrima. Cuando separaste tu cara de la mía, vi tu sonrisa y sentí todo el cariño que desprendía tu compañía en aquel momento.
No sé si en ese instante de nuestras vidas estábamos un poquito más juntos que antes, pero nos unió mucho ese roce. Sé que luego no pasó nada más, excepto que volvimos todo el camino cogidos de la mano. Te parecerá tonto, pero me hizo madurar mucho más de lo que había madurado en los años de mi pubertad.
En realidad, si lo pienso bien, nunca quise tocar la luna. Lo único que quería, era caerme de aquel árbol, hacerme daño y que me cogieras de la mano. Si nos ponemos a interpretar, tu mano era la luna… y yo solo quería cogerla…