miércoles, 13 de febrero de 2008

Historia de un Charlatán.

Bueno... creo que es hora de actualizar. Espero que le guste a alguien. Si no, me encantan las críticas, siempre que puedan explicarse... adelante ;)
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A veces hablaba demasiado. Miento. En realidad siempre hablaba demasiado. Si soy del todo sincera... no callaba ni bajo el agua. Era un pesado de mucho cuidado, y sin embargo todos querían conocerlo, estar cerca de él... Era difícil hablar con él, porque siempre daba la impresión de que sabía más que uno mismo, fuera el tema que fuera. Incluso, algunas veces me dio la impresión de que sabía más sobre mí que yo misma... Pero con el tiempo... uno se da cuenta de las cosas. Y es que en realidad... toda esa fachada, toda la sabiduría que acumulaba en su cabeza...todo era mentira.
Me di cuenta un día, cuando se encontraba rodeado de una multitud increíble de personas (mayoritariamente femeninas), y se disponía a contar una de sus hazañas, en las que (por supuesto en un principio indefenso) lograba salvar a alguien (a veces era una chica, a veces era el mundo entero) y por norma general él mismo quedaba lesionado de manera grave. No recuerdo muy bien por qué razón se medio-moría esta vez, pero por primera vez en mi vida sentí algo muy extraño... algo como pena. Sus hazañas eran demasiado heroicas como para ser ciertas, y yo lo sabía desde hacía ya mucho tiempo (nadie se tiraba de un puente para lograr salvar el perro de la vecina del piso de arriba, por muy buena que esté (la vecina, no su perro), y mucho menos si no sabes nadar... no por miedo a ahogarte, más bien por miedo a hacer el ridículo). En fin... que me di cuenta de que aquel joven no quería más que un poco de atención, y que nadie era capaz de dársela, de no ser por estas historias que se inventaba constantemente.
Fuera por lo que fuera, además de presumir de héroe, desmentía todo tipo de hazaña (real o no) que no fuera suya. Y esto le hizo caer en la terrible trampa de la prepotencia. Nadie se habría dado cuenta de que mentía en cuanto abría la boca, si no fuese porque hacía que el resto de mortales fuesen eso mismo: sólo mortales... y él no.
Desde muy pequeña me habían dicho que existían personas en el mundo que no se merecían la atención del oyente. Y desde el principio pensé que era exagerado. Pensé en cómo me sentiría yo, si alguien (o algunos) considerara que únicamente digo bobadas: me sentiría humillada. Abandonada. Sola. Probablemente no hablaría más de lo necesario. Y en ese momento se me vino a la cabeza, que a lo mejor este chico necesitaba alguien que le parara los pies. Alguien que le dijera lo exagerado que es.
Por si no ha quedado claro: yo fui esa persona. Yo le paré los pies. Yo le dije que solo hablaba bobadas, y que no merecía la pena escuchar lo que tenía que decir. Fui yo, quien le robó la ilusión, quien le arrebató las ganas de contar. Fui yo, quien le humilló, quien le abandonó. Y una vez terminada esta tarea, pensé que me sentiría mejor. Aliviada. A lo mejor un poco más feliz.
Lo que sucedió fue todo lo contrario. Me dolió ver cómo sufría. Me dolió ver como aparentaba sufrir. Me dolió en el momento en el que pronuncié la última palabra en su contra. En ese momento un puño de acero se cerró violentamente en mi pecho, arrebatándole a mi pobre corazón, el aire necesario para vivir. Comprendí que yo no era nadie. Que no era nadie para hacer daño a nadie. Que la justicia llega cuando es preciso, y que las mentiras que contaba aquel chico no hacían daño a nadie, excepto a él mismo. Y me di cuenta de que con mis hirientes palabras solamente me había herido a mí misma. Que a él no le importaba. Y no le importaba por una sencilla razón: no le importaba nada excepto él mismo. Para él, yo no era nadie. Solo una envidiosa, que buscaba captar la atención de los demás, y que no soportaba ver cómo era otro, el que lo lograba.
Y si ahora digo que esta historia es inventada, quizás tenga razón... no soy más que una envidiosa que busca la atención de todos los demás... y si lo he conseguido... bienvenidos a mi mundo...