sábado, 15 de noviembre de 2008

Belleza


Belleza. Y la sonrisa dibujada en su cara.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Nunca


Nunca fuimos capaces de leer el futuro.
Y nunca estuvimos tan cerca de ser felices.

domingo, 26 de octubre de 2008

Del vacío. Y del adiós que nunca pronunciaste.

Texto sobre el amor. ¿Qué coño es el amor?

Sé que he violado mi derecho a acercarme a ti. Tú me decías que no lo hiciera, pero no pude evitarlo. Olías tan bien… Ahora todo se ha acabado. Me lo advertiste. No te hice caso. Ahora tengo que vivir con las consecuencias. Sólo.

No es que no me lo hubieras advertido, ya lo sé. Pero nunca pensé que fuera tan duro. Vivir sin ti. La frase comienza a cobrar sentido cuando ya estás lejos. Antes no la sentía tan cerca, pero ahora me devora el significado de sus huecas palabras en mi cabeza. Me devora el saber que posiblemente no vuelva a verte jamás.

Cuando te vi la primera vez no llegué a pensar que algún día fueras mía. Aunque por poco tiempo, pero lo fuiste. Fue en la fiesta de tu amigo Adam. Es curioso. Nunca le caí bien del todo. Ni él a mí. No entiendo cómo es que seguíamos quedando en la barra de aquel bar. Nos emborrachamos juntos. Jugamos a las cartas. Nos íbamos a casa. Cada uno por su lado. Y no volvíamos a vernos hasta dentro de un mes.

Siempre que se sentaba a mi lado en aquella barra, tenía la impresión de que a él le pesaba más que a mí. De que estaba más enamorado de ti que yo. Pero eso es imposible. Nadie pudo amarte más que yo. Por lo menos quiero pensarlo. Mi locura no tendría sentido si así no fuera. Siento como el vacío en mi interior se vuelve cada vez más grande, conforme va aumentando el tiempo de tu ausencia. Que me pesa como un lastre que no puedo soportar. Y aún así lo hago día a día.
Mi vida ha dado un vuelco increíble. Ha cambiado y yo no quería que lo hiciera. Ha sido un cambio en contra de mi voluntad. Joder. Si los cambios rara vez suceden a favor de mi voluntad. ¿Para qué quejarme? Estoy acostumbrado.

A lo que no puedo acostumbrarme es a tener que vivir sin ti. Sin verte una vez más. Sin besarte. Sin amarte. Y eso que probablemente sea el tipo con más suerte del mundo. Porque te tuve. Te tuve tan cerca que ni siquiera supe apreciarlo. Ocurrió en tan poco tiempo que no llegué a acostumbrarme a tu olor. A tu mano sobre la mía. Tal vez eso sea algo bueno. Antes de que lo nuestro se haya convertido en rutina… que estupidez más grande.

Nunca fui un buen escritor. Nunca escribí cosas demasiado buenas. Tampoco demasiado malas. Eran cosas normales, que le pasa a la gente normal. A esa que es como yo. A esa a la que le pesan las mismas cosas que a mí. Siempre escribí para librarme de ese peso, y hasta el día que te conocí, lo lograba; de una manera o de otra. Luego llegaste tú. Y se me acabaron los finales felices. De repente no supe recoger la frustración de mi personaje para crear un final aceptable. De repente, mis personajes eran aún más desgraciados que yo. Posiblemente porque en ese momento yo ya no era tan desgraciado.

Muchas veces Adam me ha echado en cara el haberte perdido. No fue culpa mía. Al menos quiero creerlo. A decir verdad, siempre supe que algún día te irías. Nunca pareciste ser de las personas que esperan a que crezcan raíces. Siempre quisiste viajar, largarte de esta ciudad, de este país. De este mundo. De este maldito mundo, solías decir. Y yo te entendía. Lo entendía todo. Aunque me daba miedo, porque supe que no me esperarías. Supe que te irías así, sin más.

Una vez se pasó. Hace ya algunas semanas. Estábamos en aquel bar, el de siempre. Ya algo borrachos, él había llegado antes que yo. Normalmente es al revés. Pero ese día no. Según el barman, había bebido ya unas cuantas copas, se había dejado invitar por una chica, que mostraba un interés demasiado latente en que bebiese más. Pero dado que Adam no hace más que hablar de ti cuando se emborracha, la chavala no lo soportaba más y se largó pronto.

Cuando llegué, en realidad ya no se mantuvo en pie. Se había apoyado en la barra y tenía un aspecto muy descuidado. Su pelo rubio había adoptado un color grisáceo, tipo ceniza. Sus ojos marrones habían perdido todo su brillo, me recordaban al papel fotográfico semimate que utilizaba mi abuelo para revelar fotografías en blanco y negro. Su camisa a cuadros no estaba planchada, y la que llevaba debajo estaba sucia. Vaqueros rotos. Mojados. Zapatos desatados. Se asemejaba mucho a una de estas fotografías de mi abuelo. A un retrato en sepia. Descolorido. Desaturado. Muerto. Inerte. Borracho.

Admito que yo tampoco iba del todo sobrio. Nos invitamos a una copa. A dos. Nos turnábamos pagando, llenándonos de chupitos y cubatas. Ron. Whisky. Tequila. Vodka. Yo que sé que más. Finalmente todo daba igual. Éramos dos enfermos en la barra de un bar. Enfermos de amor. De desamor. Parece una estupidez, pero tú fuiste nuestro único tema de conversación. Tanto que pasamos de conversar a discutir. Como una pareja. Finalmente mi peor miedo se hizo realidad: él estaba enamorado de ti. Coladísimo. Tanto que me echaba la culpa de que te hubieras ido.

La noche terminó en desastre. En urgencias. Hospital. Odio los hospitales. Y después de esa noche, supongo que él también los odiará. No recuerdo muy bien qué me dijo, pero acabé dándole de ostias. Y él a mí. Es bastante más fuerte que yo, y había perdido toda la vergüenza y el pudor a base del alcohol. Me dio bastante fuerte, me partió una paleta, el ojo morado, un piquete en la frente y me abrió el labio inferior. Ése que solías morder mientras… En fin, que yo lo dejé peor. ¿No es eso lo que se suele decir?
Llevo unas semanas sin verlo. Mis heridas ya apenas se ven. Se han curado. Las físicas. La tuya sigue ahí. Duele. Cada vez que me despierto por la mañana, me duele el espacio vacío que existe a mi lado. Me duele el olor que pienso que has dejado aquí. Me duelen las pisadas, los pasos que pienso escuchar cuando se acerca la hora de tu llegada a casa.

Fuimos muy felices, durante un tiempo. ¿Recuerdas que lo comentaba antes? ¿Recuerdas aquellos momentos? Fue como conocerte de siempre. Tenerte de siempre ahí. Verte. Acariciarte. Morderte. Besarte. Secar tus lágrimas y compartir tu sonrisa. Siempre preguntamos ¿qué nos ha pasado?, cuando ya es demasiado tarde.

Porque fuimos felices. Hasta ese día. Sólo un día. Que bastó para arruinarlo todo. Un día en el que con tus actos me dijiste: Ya no te quiero. Me voy. Porque fue eso. Y no fue más.

Fue un buen día, que recogiste tus cosas del suelo, las metiste en tu mochila y te marchaste.
Así. Sin avisar.

Por decir, no dijiste ni adiós.

sábado, 25 de octubre de 2008

Mundista











Así (exactamente así) es ella. Muy bella. Por dentro y por fuera.










Clara y los libros.

martes, 21 de octubre de 2008

Sobre el ciclismo urbano o cómo matarse en bici (en ciudades como Sevilla)

Aprovechando el tiempo que pierdo en algunas asignaturas en las que me aburro demasiado y no paro de bostezar (tanto que el profesor ya me mira con caras extrañas), comienzo a reflexionar sobre el día que llevo hasta el instante.

En realidad, en lo que más pienso es en mi viaje en bici desde casa hasta la facultad, y en la cantidad de veces en las que casi pierdo la vida (o una pierna, o un brazo, o la cabeza, por no hablar de los nervios). Para llegar a la facultad, tengo que seguir un tramo de carretera para luego llegar al carril bici que el Ayuntamiento de Sevilla ha instalado por toda la ciudad, y al que no se ha acostumbrado nadie.

Esta mañana, dicho carril estaba mojado. De hecho, cuando salí de mi casa, todavía estaba lloviendo algo. Algunos ciclistas habían salido de sus agujeros envueltos en sacos de basura (que en realidad resultan ser chubasqueros comprados en los chinos. De talla única). En los charcos se reflejaba el cielo algo nublado y estuve a punto de caerme en uno de ellos cuando un peatón con un paraguas demasiado grande cruzó mi camino de manera inesperada (en realidad sí me lo esperaba, pero el paraguas distrajo mi sentido de concentración hipersensible).

A decir verdad, pienso que el carril bici es el nuevo método de suicidio. Antes Anna Karenina se tiraba ante un tren. Hoy en día se tiraría al carril bici de la ciudad de Sevilla. Aunque reconozco que es algo muy cutre. Se ha suicidado tirándose ante una mountainbike marca Decathlon de 21 marchas y frenos de disco. No queda igual que decir que la ha arrollado una locomotora.

El Ayuntamiento ha puesto a disposición del ciudadano una serie de bicicletas de uso público. Es lo peor que pudo hacer. Ahora, quien antes no tuvo oportunidad de matarse en bici, tiene la oportunidad de matarse a sí mismo y a todos los ciclistas que antes podíamos habernos salvado. Desde que existe este servicio (que lleva el cutre nombre de Sevici, que hace que todos los de letras nos llevemos las manos a la cabeza en un primer momento), los carrilles bici de esta ciudad parecen ser demasiado estrechos. ¿O es que las personas no sabemos ir en línea recta sin chocarnos con el que viene de frente? De repente parecen convertirse en conductores ebrios.

De esta manera procedo a hablar de mi viaje hacia la facultad. Hablamos de veinte minutos de peligro pleno a los que se somete uno cuando emprende esta odisea. El primer obstáculo es la incorporación a la vía. Es un problema mayor cuando vives en una calle en la que no hay carriles. Carriles bici, digo. Los conductores de vehículos motorizados de esta ciudad parecen pensar que la bici no tiene derecho a ir por la carretera. De la misma manera, los peatones defienden la acera como un espacio propio de ellos. Se entienden ambas posturas. Pero los ciclistas todavía no hemos aprendido a volar.

Una vez resuelto el primer problema, llega el segundo: los coches aparcados en el carril. A primeras horas de la mañana suelen ser furgonetas. Es un tanto incómodo que el repartidor del pan de molde abra de golpe la puerta posterior de su furgoneta justo en el momento en el que voy a pasar. Una vez haya evitado comerme esta puerta, esquivándola, me doy cuenta de que estoy a punto de atropellar a una joven madre con un crío de dos años en un carrito.

Todo esto sucede tan rápido, que cuando grito el insulto (por norma general ‘joputa imbécil, porque no se me ocurre otra cosa en el momento), la madre del crío se siente aludida y me insulta de mala manera.

Cruzo una avenida. Por mucho que haya carril bici a lo largo de todo el paso de peatones, me como un bordillo de casi quince centímetros de alto. Dolor (que el problema nunca ha sido bajarlo. Sino volver a subir sin bajarme de la bici). Esto por no hablar de cepillarme de forma dolorosa (o por lo menos molesta) todo el alcantarillado de esta ciudad (el alcantarillado es eso de las tapitas en la calle de las que salían las tortugas ninja cuando yo era niña).

En el próximo cruce hay un paso de peatones en mi propio carril. Admito que muchas veces paso de largo y ni me fijo en que está ahí. Hoy hay un grupo de cuatro señoras paradas en medio.

-¡Niña!, me grita una cuando peleo en voz alta y las esquivo.
-¡Que esto es un paso de peatones!
¡Evidentemente, señora! Es un paso, no un paro de peatones. ¡Sus muertos en vinagre, coño!

Me trago todos los semáforos en rojo, y cuando están en verde, un coche que no se ha dado cuenta casi me lleva por delante. Dos chavalas de Erasmus que van en medio del carril saltan a un lado cuando las llamo la atención y me insultan en francés (o en un idioma similar que sonaba a francés).

En el puente voy por la acera porque no hay carril bici. Un chaval (de chaval nada, que el tío los cuarenta ya no los cumplía), me echa la bronca y me dice que vaya por la carretera. Una vez voy por la carretera, un coche (enorme) me pita y me roza el hombro con el retrovisor. Horror.

Llegando a la facultad comienza a caer un chubasco que hace que me asalten las ganas de volver a casa. El recuerdo de mi cama. Mi manta. Chocolate caliente. Café recién hecho. Una peli malísima (o buena, que no menosprecio nada). Sin embargo estoy aquí, paso por un charco y me mojo los pantalones hasta las rodillas.

Al volver a subir a la acera (y a causa del bordillo extragrande) bendigo el hecho de haber nacido mujer. Eso sí: por poco me voy de morros, por culpa del resbaladizo carril de los cojones. Mierda. Doble mierda. Mañana voy en Tussam.

sábado, 11 de octubre de 2008

La Promesa





“¿Alguna vez has ido a Nueva York?” preguntó mientras doblaba el papel de fumar, envolviendo así algo de tabaco.




“No,” contesté y me encogí de hombros.











“Entonces te llevaré,” afirmó y colocó entre sus labios el cigarro recién liado. “Algún día, créeme, te llevaré.”

Libertad

Subimos a los tejados de esta ciudad.
Y la libertad nos sabía a poco.

sábado, 27 de septiembre de 2008

lunes, 22 de septiembre de 2008

Llevas razón...

...A veces una frase es más que suficiente.

Es como una imagen. Que expresa más que mil palabras.

sábado, 9 de agosto de 2008

El fuego

A veces, en cualquier historia, hay que tomar decisiones importantes, en cuanto al destino de los personajes. No siempre es fácil, los personajes suelen ser eso mismo: personajes. Tienen su carácter, su personalidad y su voluntad.

Tuve un personaje que me hacía la vida imposible. Fue un caso excepcional, interpretaba su papel de manera increíblemente creíble. Nadie podría haber negado que fuera un buen actor. Un buen personaje, a su manera. Pero siempre estuvimos enfrentados. Como la noche y el día. Como blanco y negro. Agua y fuego.

Lo cierto es que yo lo sabía todo acerca de él… al fin y al cabo, yo lo había creado en su momento. Pero él no me conocía de nada. De hecho, cuando me enfrentaba a él, no lo hacía por medio de mi autoridad como creadora de su ser, sino como co-personaje. Sí, en su mundo, yo tenía un personaje propio, que hablaba por mí, que intentaba manipular sus actos de una manera o de otra.

Mi personaje (es decir, el que representaba a mi persona) nunca tuvo un nombre, y mucho menos una cara. Algo poco común en mis personajes. Siempre tienen un nombre, un apodo, o por lo menos un número de serie. De la misma manera suelen tener una cara, o por lo menos rasgos característicos, indumentaria llamativa… algo con qué identificarlos. Mi personaje no. Quizás desde el principio fui yo misma, y por eso nunca sentí la necesidad de darle un nombre que no fuera el mío.

Él, al contrario, lo tenía todo. Tenía un nombre y un apellido. Tenía una raza (aunque parezca muy raro, no era del todo humano), y en realidad era un personaje muy poco maligno. Era pacifista, y un líder desde el primer momento. Vestía de manera muy particular, aunque al poco tiempo de conocerlo dejó su sombrero y sus botas de cuero, junto con su capa larga y negra en un armario en la casa de su mejor amiga Marian. En un principio quise que ella fuera su conciencia, pero se negaba. Lo supe: estaba demasiado enamorada de él como para intentar manipular sus actos.

Por eso tuve que entrar en su mundo y hablarle como si fuera una persona normal y corriente. Lo cierto es que no tuve ninguna dificultad… pero nunca pude decirle quien soy realmente. Y nunca tuve que hacerlo. Intenté convencerle muchas veces de que no hacía bien, intentando quedarse en nuestro mundo (accidentalmente, hace veinte años, cayó en un portal y de pronto se vio involucrado en nuestro mundo, en el que casi fue atropellado por un coche y arrollado por un vehículo enormemente grande, de carácter público. Al cabo de estos veinte años, su amigo mago Mang logra reabrir el portal para buscarlo en nuestro mundo… pero él no quería volver a su tierra). No quiso hacerme caso, y al intentar persuadirle dije algunas cosas que no le gustaron.

Su apariencia física me parece algo desagradable. Se ha convertido, en unos instantes, en el personaje más agresivo y menos tranquilo que he creado, y en parte es culpa mía. No. En realidad, toda la culpa es mía. Tiene las cejas totalmente subidas, parece haber cosido los extremos interiores de ambas con un hilo, el ceño completamente fruncido. Veo sus enormes colmillos, cosa poco común, y en sus ojos verdes luce un brillo tremendamente cabreado. Sólo falta que por sus fosas nasales desprenda ese destructivo y vivo rojo, que tanto quema lo que antes respiraba. Sería capaz de hacerlo.

Yo, asustada, doy dos pasos hacia atrás. Estoy aturdida, desconcertada. Nunca lo había visto así. Él aprovecha mi inseguridad para intimidarme aún más.

“¿De qué me crees capaz?” pregunta. “¿Crees que podría matarte? Estás en lo cierto. Podría hacerlo. Pero no estoy seguro de si es lo que quiero. No es mi estilo, ¿sabes? No me llames descorazonado. No lo digas, podrías arrepentirte antes de lo que crees… si supieras cómo soy realmente…” su voz es un susurro, muestra todo el desprecio que siente hacia mí. En este instante sospecho que él sospecha algo. De que huele a través de mi frío sudor, que soy yo quien le da el aliento. Quien le da vida. Quien hace latir su corazón de reptil de la forma más humana posible.

Sin embargo, en vez de intimidarme, comienza a darme pena. Y esa es su perdición. Yo no sería capaz de contestarle. No sería nada justo decirle el poder que ejerzo sobre él. Si fuese por él, tendría el poder suficiente como para manipular a todo ser de este planeta. Si fuese por mí, él no sería nada. Aire, que necesito para vivir. Si me beneficiara podría hacer que desapareciera. Pero por ahora esto es completamente innecesario.

“Sé cómo eres realmente… créeme,” digo en voz muy baja. “Sé que no eres así realmente. Que hay algo en ti que suprime tus impulsos salvajes. Tú no eres así. No. En realidad eres algo cobarde. Por eso no quieres volver. Tienes miedo de ver en lo que se ha convertido tu tierra en los últimos veinte años. Temes afrontar el resultado de la soberanía total de tu malvado padre. Temes lo que te espera bajo sus hermosas y terroríficas alas de dragón…” no llego a decir nada más. He puesto el dedo en la llaga. De manera violenta aparta su cara de mí y en un abrir y cerrar de ojos ha quemado una silla que se encontraba cerca de la pared. Ardiendo se hace cenizas y deja una huella negra en la pared, mientras sus restos se reparten ligeramente sobre el suelo, antes de ser levantadas por la leve brisa del viento.

“¿Crees que es una solución? ¿Crees que destruyendo serás capaz de arreglar lo que tienes que arreglar? Porque tienes que hacerlo tú, no hay duda alguna. Y lo sabes. No hay nadie más que pueda hacerlo…”

Aprieta fuertemente su mandíbula inferior contra la superior. Está dudando, lo veo en su mirada. Observa las cenizas, revoloteando en un pequeño remolino sobre el suelo, giran siempre en círculo.

“Tu fuego no es la solución. No puedes destruir todo lo que te haga sentir mal…”

“El fuego… es cómo el agua. Destruye, pero también crea… ¿Quién dice que tengo que renunciar este camino?” tiene la mirada perdida, abstraída. En su mente viaja lejos, ya está en casa, volando sobre sus tierras y sus mares.

“El fuego crea menos que el agua,” interrumpo su pensamiento.

“En este caso no… podría quemar tus manuscritos…” hace una pausa para esperar mi reacción. Trago saliva. Así que se ha dado cuenta de quién soy. Intento no mostrar mi inquietud, mi temor. Me encojo de hombros, lo cual desvela aún más mi inseguridad. “Pero yo siempre renaceré de sus cenizas. Soy tu Ave Fénix. Siempre estaré ahí. Me llames como me llames, siempre estaré ahí… seré robusto, fuerte…” dice finalmente, y sabe que ya se ha rendido ante la decisión de devolverlo a su tierra.

Lo que él no sabe, es que mis manuscritos están escritos a lápiz… y que con sólo tomar una goma de borrar, sería capaz de destruir toda su esencia…

domingo, 13 de julio de 2008

Ella...

Le encantaba ocultarse tras la puerta cerrada, cuando su madre hablaba por teléfono. No era por escuchar de lo que hablaba. Era por escuchar su voz.

Llevaba el pijama hasta el mediodía. Cuando le comentaron que los lunares del pijama podían traspasarse a su piel, fue entonces cuando se negó a ponérselo de nuevo. Desde aquel día duerme a puerta cerrada.

Veía el mundo a través de un objetivo de 28 milímetros. La distorción era más que evidente. Ahora su objetivo tiene zoom. Muchos maldicen su amor por el detalle.

A veces era bella por fuera. Y a veces lo era por dentro.
Cuando llegaba la noche ambas bellezas se unían. Sólo entonces se atrevía a mirarla en el espejo.

sábado, 12 de julio de 2008

enredos...

Siempre he sido incapaz de ir por la vida en línea recta. Por eso no es nada raro, lo que me ha pasado: Me he enredado con la vida.

Lo malo de los enredos, es que luego cuesta volver a salir.
Lo bueno de la vida, es que los enredos son inevitables.

miércoles, 4 de junio de 2008

El periódico


Entré mientras estabas comiendo –queso con galletas– y leyendo el periódico. Me quedé embobada en la puerta, mirándote. Me gusta cuando comes, porque tienes la costumbre de mezclar sabores en tu boca. Por eso no me sorprendí nada cuando estiraste la mano para coger una zanahoria del plato que había delante de ti y mordiste un trozo, sin apartar la mirada de la página 15 del diario.

Temí que notaras mi presencia. Me daba miedo hasta respirar, quería que todo permaneciera igual que en ese momento, para siempre. Llevabas mis pantalones de pijama, azules con rayas blancas, y una camiseta gris. Zapatos no llevabas. Ni calcetines. Tus pies reposaban sobre la alfombrilla debajo de la mesa. Tengo que decir que me gusta cuando vistes de colores claros, porque te hace parecer más tranquilo, menos oscuro.

Me acerqué lentamente, para no asustarte y romper la imagen. Cuando llegué a la mesa y me senté a tu lado, levantaste la mirada y con la lengua te limpiaste las migas de galleta que habían quedado sobre tus labios.

-He cogido esto del frigorífico, espero que no te importe. Tenía mucha hambre, y…

Te interrumpo.

-Tranquilo. Come lo que quieras. Tampoco es que haya mucho…

Por una razón que desconozco, mi cara se oscurece algo, al sonrojar.

-¿Hay algo interesante en el periódico? Pregunto, para cambiar de tema.

Meneas la cabeza ligeramente, de un lado a otro. Y yo bajo la mirada, miro tu mano sobre la mesa. Me gustaría cogerla, apretarla suavemente, para que sientas que estoy aquí. Me gustaría besarte, pasar mi mano por tu pelo. Me gustaría hacer tantas cosas, y todas pasan en el interior de mi cabeza. Pero ninguna es real. Mi mano no pasa por tu pelo, ni tampoco coge la tuya. Mis labios permanecen cerrados. No me atrevo a hablar, no quiero estropear el momento.

Estoy completamente vestida, y te das cuenta. Sin embargo pareces no saber qué decir, y por eso callas. Así aguantamos unos veinte minutos. Uno al lado del otro. Sin hablar. Ambos tenemos la mirada perdida entre las letras del periódico. Seguimos las líneas casi a la vez, pero sin leer. De hecho no recuerdo el tema del artículo.

De repente, y sin aviso previo, rompes el silencio.

-¿Te vas?

-Debo hacerlo. Tengo algunos asuntos pendientes en la facultad.

-Vamos, que tienes un examen…
-Esa es una de las razones, sí…

-¿Cuándo volverás?

-Tarde, seguramente. Cuando vuelva ya te habrás ido.

Antes de terminar la frase ya me arrepiento. Con esto te he dejado claro que no admito que te quedes más tiempo de la cuenta. Que quiero que te vayas. Y en realidad es mentira. No lo quiero. Todo en mi interior grita tu nombre, lo raya con las uñas en las paredes de mis entrañas.

No dices nada. Sólo miras el periódico. Y yo te miro a ti. Quisiera pedirte que levantes la mirada, para poder ver tus ojos. Tus maravillosos ojos. Esos torbellinos de color indefinido, con el brillo especial. Quisiera que me miraran, que me dedicaran un poco de tiempo. Quisiera pedirte solo una mirada. Solo un momento más bajo tu atención. Pero no me atrevo.

No, no te dije nada. Ni siquiera una palabra. Sólo observé cómo tus párpados temblaban, cuando moviste los ojos por la dichosa página del periódico. Quise cogerla, arrancarla. Tirarla. Pegarla en mi cara, para que me mires a mí.

De repente escucho tu voz. Como si estuviera muy muy lejos.

-¿Te importa si me llevo el periódico?

¿Que si me importa? ¿Quieres saber realmente si me importa que te lleves mi periódico? No, no me importa. Sólo me importa que te vayas. No quiero que te vayas.

-Sí, llévatelo. Ya compraré otro mañana.

¿Y si no? ¿Y si mañana no hay periódico? ¿Y si las noticias de hoy no son capaces de llenar los periódicos de mañana?

Miro mi reloj. Es tarde, debería marcharme. Suspiro. Malentiendes.

-Tranquila, ya me voy. Sólo tengo que vestirme.

¡No! No quiero que te vayas. No puedes irte. Si yo… quiero que te quedes. Pero debo echarte. Debo decirte que te marches. Cuanto antes.

-No es eso. Puedes quedarte todo el tiempo que quieras.

¿Todo el tiempo que quieras? ¡Pero si es mentira! Y por el otro lado es verdad. Me siento fatal. Bajo la mirada. Vuelvo a suspirar. Me cuesta. Y no quiero que te vayas. Pero es lo mejor. Y lo sabes. Lo sabemos los dos.

-Bueno… debo irme.

Me he levantado, miro el estado de mi ropa, toqueteo mi camiseta con las manos. Estoy algo nerviosa, no sé que hacer.

-Vale. Nos vemos a la noche.

Te has levantado también. Me miras a los ojos. Veo un brillo en ellos que no había visto antes. Me piden a gritos que te siga la corriente. Que te diga que sí, que nos vemos esta noche. Para que no cueste tanto la despedida.

Asiento levemente con la cabeza.

-Sí.

Mientras lo digo, mi voz se ahoga en el intento de no llorar.

-Que tengas un buen día.

Tu voz está algo ronca, veo en tus ojos que has conseguido quererme, aunque sólo sea un poco y de una manera muy extraña. El impulso lleva al abrazo, me lanzo hacia ti. Pones los brazos alrededor de mí, con sumo cuidado de no entrar en un contacto demasiado íntimo. Intento fallido.

-Debo irme.

Y me voy. Salgo por la puerta e intento no mirar atrás. Se me hace difícil, pues aunque has cerrado la puerta detrás de mí, sé perfectamente que me sigues con la mirada desde la ventana de la cocina.



A la noche, cuando vuelvo, te has marchado. No queda nada en mi piso, nada que recuerde a ti; excepto una leve nubecilla de tu perfume. Rezo para que no se vaya jamás, pero es inútil. A la mañana siguiente habrá desaparecido.

En la mesa del comedor encuentro el plato vacío. Quedan algunas migas y un trozo de queso, muy pequeño. Mi costumbre de siempre me obligaría coger el plato y limpiarlo en el momento, pero decido dejarlo ahí, para tener la impresión de que estás ahí. Por muy falsa que sea.

En el dormitorio veo mi pantalón de pijama, azul de rayas blancas, cuidadosamente doblado encima de la cama. Suspiro. Me doy la vuelta. Salgo. Vuelvo a entrar. Todo está como siempre.

Efectivamente. Lo único que falta es el periódico.

domingo, 1 de junio de 2008

domingo, 11 de mayo de 2008

Atrapando lunas

Un día intenté subirme a un árbol que decía ser lo suficientemente alto como para alcanzar a la luna. Yo desde niña había querido averiguar el tacto de este astro, y ya desde que tengo uso de razón intentaba imaginarme la textura de su cuerpo. Por eso cuando me dijiste, medio en broma y medio en serio, que aquel árbol me llevaría a conocer la verdad sobre lo que yo buscaba, pensé que sería lo mejor intentarlo. Esperabas abajo, mientras yo trepaba por el tronco y lograba subirme en una de las ramas más bajas. Pero éstas eran viejas, crujían bajo el peso de mi cuerpo cuando logré llegar a una altura medianamente decente.
“¡Baja de ahí!” me decías. “Te harás daño.”
“¡Ni hablar!” te contesté. “Quiero tocarla… es lo único que me gustaría hacer en este momento.” Y te mentí, cuando dije eso. Fue mentira. Pero yo no lo sabía. Lo comprendí algunos instantes después, al romper la rama. Fue un golpe duro, demasiado fuerte; y yo, con las manos empapadas en barro, intentaba levantarme del suelo, mientras tú reías a pocos metros de mí. Me resultó indignante, avergonzada susurré un insulto leve y me levanté del suelo.
“¿Has visto? Has caído como una piedra en la mierda. Si es que contigo nadie se aburre. Siempre acabas haciendo el ridículo…” decías, y yo, claro, me puse colorada. Es normal, después de todo estaba enamoradísima de ti…
“Muchas gracias,” decía yo indignada y te daba un empujón. Pero muy suave, sin ánimo de hacerte daño.
“Anda, no te enfades. Sabes que es broma…”
“Sí, ya…” dije mientras me frotaba el codo izquierdo con la mano derecha.
“¿Te has hecho daño?” me preguntaste, y me encantó el tono algo preocupado en tu voz.
“No, no es nada,” mentí por segunda vez. La verdad es que me daba vergüenza. Mi estupidez, mi torpeza, y no por último mis sentimientos hacia ti, que llevaban meses ocultos tras la sonrisa de buena amiga con la que te saludaba cada mañana. En realidad me apetecía gritar con todas mis fuerzas, todo eso que había dentro de mí. Pero temía herir tus sentimientos, dañar y cortar las alas de tu libertad.
“Anda, espera,” me dijiste y cogiste mi mano, para que dejara de frotarla contra mi codo. Por un momento, mientras mi mano permanecía en la tuya, sentí un golpe de calor y de frío. Fue como si un cohete despegara en mi estómago. Sentía dolor y al mismo tiempo alivio. Me sentía triste y a la vez contenta. Tragué saliva. Nunca supe el por qué. Y sin saber que pasaba, sentía cómo una pequeña lágrima descendía por mi mejilla.
Posiblemente fue una lágrima que demostraba la vergüenza que estaba pasando. O porque me sentía triste, pues aún no me habías besado. Pero creo que la explicación más lógica es la de una niña, que se cae; y si nadie mira sigue jugando tranquilamente. Pero desde que le hagas un poco de caso, rompe a llorar. Sí, creo que lloraba sólo porque intentabas consolarme.
“¿Por qué lloras?” preguntaste, y sólo con hacerlo hacías que se desprendieran más lágrimas de mis pestañas.
Yo me encogía de hombros. No podía explicártelo. Me resultaba tan absurdo… me sentía tan estúpida, y tan eternamente tonta… tanto que aún me asombra lo que pasó a continuación: acercaste tu cara a la mía y me diste un beso en la mejilla, justo donde antes se había encontrado esa estúpida lágrima. Cuando separaste tu cara de la mía, vi tu sonrisa y sentí todo el cariño que desprendía tu compañía en aquel momento.
No sé si en ese instante de nuestras vidas estábamos un poquito más juntos que antes, pero nos unió mucho ese roce. Sé que luego no pasó nada más, excepto que volvimos todo el camino cogidos de la mano. Te parecerá tonto, pero me hizo madurar mucho más de lo que había madurado en los años de mi pubertad.
En realidad, si lo pienso bien, nunca quise tocar la luna. Lo único que quería, era caerme de aquel árbol, hacerme daño y que me cogieras de la mano. Si nos ponemos a interpretar, tu mano era la luna… y yo solo quería cogerla…


sábado, 15 de marzo de 2008

Sueño de frío

Una vez, mientras dormía sobre el suelo de barro, vi pasar una sonrisa. Fue algo que me dejó sin palabras. Creí que nunca volvería a ver nada igual. Sin embargo, aquel día volví a nacer de entre las figuras de arcilla cruda. No había dormido desde hacía tanto tiempo; no había soñado nada desde hacían ya años. Y aquel día todo cambió. Desde aquel día colecciono sonrisas.

Fue en verano, cuando se me mostraban ojos brillantes. Claros y oscuros. Verdes y negros. Grises y azules. Contentos, tristes y sonrientes. Pero por aquella época todavía todo era fácil. No había nada que pudiera impedir mi felicidad.

“¿Y ahora?” Preguntas. Ahora. Todo es diferente. Ahora estoy en medio. No me veo de tanto pensar en mí. “¡Egoísta!” dices. No, en realidad no. En realidad solo estoy fuera de mí. Me veo y no me reconozco. Estoy lejos de ser la persona que antes era. ¿Soy persona?

En realidad, todo cambia con el tiempo. Y eso es bueno. Las cosas cambian, y los caminos se separan y vuelven a unirse. A veces es bueno andar una temporada juntos para luego distanciarse durante un rato. No debe de ser imposible. Incluso es sano, estoy segura. Todo cambia, va evolucionando. Y lo que se sujeta de manera desesperada a lo que siempre fue, está condenado a fracasar. Es triste, pero es cierto.

Ahora paseo en medio de los árboles. Lástima… no vivo cerca de los bosques. Quiero pensar que algún día plantaré muchos árboles a mi alrededor. No volver a sentirme sola. Tener compañía. He empezado con un pequeño cactus. A veces pienso que me sonríe. Y a veces pienso que me mira, mientras llego a casa por el agobio de un día sin tiempo, y me tranquiliza con su suave y ronca voz, diciendo: “mantén la calma. Todo irá bien.”

Me tiro en la cama. Blanda. Blanca. Mis pies desnudos hacen un ruido extraño cuando se deslizan por la sábana. Un ruido agradable. Una sensación entrañable. Cierro los ojos y pienso en que quiero soñar. Sueños largos, llenos de sol y flores. Pero por más que lo intento, no puedo. Solo sé pensar en lluvia y frío. En el viento, que lleva mis pensamientos hasta lo alto de la copa de aquel árbol en el que había dejado colgada mi última sonrisa.

La retiro.

Me la quedo.

La guardo en una caja de cartón.

Y la pinto.

Para tenerla junto a mí.

Para poder soñar con ella.

Para vivir sonriendo.

Vivir soñando.

Un sueño cualquiera.

Sueño de frío.

Vuelvo a dormir.

Descansar.

Y volver.


miércoles, 13 de febrero de 2008

Historia de un Charlatán.

Bueno... creo que es hora de actualizar. Espero que le guste a alguien. Si no, me encantan las críticas, siempre que puedan explicarse... adelante ;)
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A veces hablaba demasiado. Miento. En realidad siempre hablaba demasiado. Si soy del todo sincera... no callaba ni bajo el agua. Era un pesado de mucho cuidado, y sin embargo todos querían conocerlo, estar cerca de él... Era difícil hablar con él, porque siempre daba la impresión de que sabía más que uno mismo, fuera el tema que fuera. Incluso, algunas veces me dio la impresión de que sabía más sobre mí que yo misma... Pero con el tiempo... uno se da cuenta de las cosas. Y es que en realidad... toda esa fachada, toda la sabiduría que acumulaba en su cabeza...todo era mentira.
Me di cuenta un día, cuando se encontraba rodeado de una multitud increíble de personas (mayoritariamente femeninas), y se disponía a contar una de sus hazañas, en las que (por supuesto en un principio indefenso) lograba salvar a alguien (a veces era una chica, a veces era el mundo entero) y por norma general él mismo quedaba lesionado de manera grave. No recuerdo muy bien por qué razón se medio-moría esta vez, pero por primera vez en mi vida sentí algo muy extraño... algo como pena. Sus hazañas eran demasiado heroicas como para ser ciertas, y yo lo sabía desde hacía ya mucho tiempo (nadie se tiraba de un puente para lograr salvar el perro de la vecina del piso de arriba, por muy buena que esté (la vecina, no su perro), y mucho menos si no sabes nadar... no por miedo a ahogarte, más bien por miedo a hacer el ridículo). En fin... que me di cuenta de que aquel joven no quería más que un poco de atención, y que nadie era capaz de dársela, de no ser por estas historias que se inventaba constantemente.
Fuera por lo que fuera, además de presumir de héroe, desmentía todo tipo de hazaña (real o no) que no fuera suya. Y esto le hizo caer en la terrible trampa de la prepotencia. Nadie se habría dado cuenta de que mentía en cuanto abría la boca, si no fuese porque hacía que el resto de mortales fuesen eso mismo: sólo mortales... y él no.
Desde muy pequeña me habían dicho que existían personas en el mundo que no se merecían la atención del oyente. Y desde el principio pensé que era exagerado. Pensé en cómo me sentiría yo, si alguien (o algunos) considerara que únicamente digo bobadas: me sentiría humillada. Abandonada. Sola. Probablemente no hablaría más de lo necesario. Y en ese momento se me vino a la cabeza, que a lo mejor este chico necesitaba alguien que le parara los pies. Alguien que le dijera lo exagerado que es.
Por si no ha quedado claro: yo fui esa persona. Yo le paré los pies. Yo le dije que solo hablaba bobadas, y que no merecía la pena escuchar lo que tenía que decir. Fui yo, quien le robó la ilusión, quien le arrebató las ganas de contar. Fui yo, quien le humilló, quien le abandonó. Y una vez terminada esta tarea, pensé que me sentiría mejor. Aliviada. A lo mejor un poco más feliz.
Lo que sucedió fue todo lo contrario. Me dolió ver cómo sufría. Me dolió ver como aparentaba sufrir. Me dolió en el momento en el que pronuncié la última palabra en su contra. En ese momento un puño de acero se cerró violentamente en mi pecho, arrebatándole a mi pobre corazón, el aire necesario para vivir. Comprendí que yo no era nadie. Que no era nadie para hacer daño a nadie. Que la justicia llega cuando es preciso, y que las mentiras que contaba aquel chico no hacían daño a nadie, excepto a él mismo. Y me di cuenta de que con mis hirientes palabras solamente me había herido a mí misma. Que a él no le importaba. Y no le importaba por una sencilla razón: no le importaba nada excepto él mismo. Para él, yo no era nadie. Solo una envidiosa, que buscaba captar la atención de los demás, y que no soportaba ver cómo era otro, el que lo lograba.
Y si ahora digo que esta historia es inventada, quizás tenga razón... no soy más que una envidiosa que busca la atención de todos los demás... y si lo he conseguido... bienvenidos a mi mundo...