lunes, 12 de noviembre de 2007

Número 1

Esto... para Laura... un beso fuerte!

Me la encontré viendo escaparates. Su mirada reposaba fijamente en una de las chaquetas que llevaba puesta un maniquí demasiado delgado, junto a un pantalón que le quedaba como un saco. Ella no dejaba de mirarle, hasta que se dio cuenta de que me acercaba. Bajó la mirada y miró a sus pies desnudos, llenos de tierra y sangre. Había caminado demasiado tiempo, demasiados kilómetros. Había sufrido demasiadas caídas, y se había levantado de nuevo demasiadas veces.
Su pelo empapado goteaba sobre su estrecha espalda, y su pecho se elevaba y se hundía con su respiración tranquila y regular. Su falda rota y sucia solo le llegaba hasta las rodillas, y sus piernas lucían un aspecto descuidado y cansado.
Cuando me miró pensé en ayudarle. Pero no pude. Sus ojos se clavaban en los míos, dejando en ellos una huella de profundo dolor y desesperación. Yo no sabía de donde venía, ni mucho menos a donde iba. Solo que estaba allí. Y que solo yo podía verla.
En realidad era preciosa. Bella, joven y muy sensible. Y eso era lo que la hacía vulnerable. Era un pétalo de rosa en el viento, en medio de una tormenta. Una flor descuidadamente partida por un paseante.
Levantó la mano y comenzó a deslizar su dedo índice por la superficie del cristal. Yo seguía sin hacer nada. Miraba. Y nada más. Cuando volvía a mirarme, lo hacía con mucho cariño. Nunca supe por qué. Si no la conocía. No sabía quien era, ni quien la conocía.
Su chaqueta estaba remangada, le quedaba grande. Estaba rota, y pensé en darle la mía. Pero ella no la habría aceptado. Habría dicho que no. Que a mí también me haría falta. Y yo sabría que tenía razón. Lo peor estaba aún por llegar. Y ambas lo sabíamos.
Era como un lazo que nos unía. Su mirada desprendía un haz de luz que me abrazaba con el calor de la amiga que nunca llegué a tener. Y nunca tendría.
Yo escuchaba su corazón latir, sus pulmones respirar. Cogió aire profundamente y apartó la mirada de mis ojos. Rompió nuestro lazo con solo parpadear, y se apartó de mí. Sus párpados temblaban, sacudían los restos de lluvia que quedaban sobre ellos, poco antes de que echara a andar. No pude hacer nada. Solo miraba.
Las plantas de sus pies dejaban una huella húmeda sobre las baldosas casi secas. Mientras la miraba, ella se alejaba muy despacio. Era algo mágico, que la rodeaba como una manta. No pude explicarlo en aquel momento, y sigo sin hacerlo hasta hoy. La luz que brillaba de sus ojos secó las lágrimas de los míos, y mis mejillas sonrojaron sin razón alguna.
No pude evitarlo. No fui capaz de hacer nada. Cuando llegué a moverme, ella ya se había desplomado sobre el suelo. Solo tardé unos instantes en llegar a donde ella estaba, y aún así parecían años.
Cuando rocé su piel tímidamente, fue como rozar el ala de una mariposa.
“Nunca lo hagas,” decía mi abuelo, muy dentro de mi memoria infantil. “Si lo haces, no volverán a respirar.”
Inmediatamente retiré la mano y me senté junto a ella. Dudé mucho en tocarla. No tuve que hacerlo.
Sus ojos brillaban cuando los abrió. Eran claros, llenos de ternura, y en aquel instante sentí miedo. No sabía lo que podría suceder, temblaba junto a ella. Levantó la mano y tocó la mía. Fue solo un roce. Sin embargo sentí calor y por un instante cerré los ojos. Cuando volví a mirarla, ella hacía lo mismo.
Tardé mucho tiempo en comprenderlo. Cuando lentamente me estiraba junto a ella en el suelo aún húmedo, entendía que debía irse. Que era lo que era, solo porque yo la necesitaba. La había necesitado en ese instante. Me había seguido, había sido arrollada y atropellada, solo por mí. Había caído junto a mí, y se había vuelto a levantar, para que yo también lo hiciera. Para que nunca llegase a rendirme. Su trabajo había concluido. Ahora sabía lo que debía hacer.
Y tendidas sobre sus alas comenzábamos a soñar. Soñábamos de una vida mejor. Ella me contaba que necesitaba descansar. Que estaba muy agotada. Lo entendía. Yo también lo estaba. Me decía que volvería a verme.
Estuvimos mucho tiempo soñando sobre sus espumosas alas de plumas grises y blancas. Cuando nos incorporamos de nuevo, no pude mirar a otra parte. Eran enormes, y se cruzaban en la parte inferior. Fue lo último que pude pensar antes de que desapareciera.
Estuve mucho tiempo allí, de pie y sola. Pensando. Mirando al cielo. Hasta que me di la vuelta y volví por donde mismo había venido. Cuando llegué a su escaparate, miré un instante y vi la palabra que había dibujado en el cristal.
“Adiós,” murmuré y con una leve sonrisa en los labios, seguí mi camino, marcado por mi única y mejor amiga. Mi bien. Mi mal. Mi todo. Mi ángel de la guarda.