lunes, 17 de diciembre de 2007

Al lado de la ventana

Sus ojos brillaban en la oscuridad, y cuando mis ojos lograron acostumbrarse a la falta de luz, pude distinguir su melena rizada al lado de la ventana. Por ella alumbraba muy suavemente la luz de la luna, y no supe que él estaba allí de no ser por ella. Entré en la habitación y cerré la puerta, excluyendo por completo la fuente de luz artificial.
“Te esperaba…” escuchaba su voz algo ronca desde la ventana.
“Lo sé. Por eso he venido,” decía yo mientras me quitaba los zapatos.
“Pero pensé que llegarías antes. La luna ya está ahí,” me contestó, sin moverse de donde estaba.
“De eso se trata, ¿no es así?” preguntaba yo y me sentaba en la cama, que estaba completamente iluminada con la suave y plateada luz de aquella moneda grande y redonda. “No he venido porque sí. Me querías explicar por qué brilla la luna. Una explicación sin ella… sería absurda.”
De repente se movió. Levantó la mano y se la llevó a la boca. Nunca supe con certeza por qué lo hizo, pero aquella noche tuve la sensación de que se mordía las uñas.
Hizo un paso y salió de la penumbra. Su cara oscura apareció en la oscuridad y vi su larga nariz, su melena rizada, que abrazaba su cabeza como un halo de lana de color marrón. Sus ojos negros, que hasta ahora habían sido lo único que había visto, dejaban de brillar conforme bajaba la cabeza, escondiéndose en la sombra de sus cuencas.
“La luna brilla,” comenzaba su explicación,” porque el sol la alumbra desde el otro lado de la Tierra…”
“Sí, pero eso ya lo sé…” le interrumpía, algo indignada.
“¿Entonces? ¿Por qué me preguntas?” preguntaba asombrado mientras yo veía cómo su cara descendía. Antes de darme cuenta, él estaba a mi altura, de cuclillas en el suelo, su cara no más de veinte centímetros de la mía.
“Pregunto porque no entiendo el sentido…” decía yo con una voz que parecía un hilo, fina y roja, que recorría todas las conversaciones que compartía con él, desde el principio hasta el fin.
“Alumbra para que me puedas ver, incluso con la luz apagada. Alumbra para que no tropieces con los cordones desatados de tus zapatos. Alumbra para que puedas vivir tanto de día como de noche. Alumbra… brilla para ti. Para que no caigas, para que puedas seguir en pie…”
Y mientras seguía enumerando causas por las que brillaba la luna; yo, escuchando su cálida y tranquila voz, notaba como mi corazón latía cada vez más despacio, cómo me tranquilizaba su presencia. Y supe que sin él no podía contestar a todas esas preguntas; que no era capaz de entender. Todo aquello que gracias a él comprendía. Todo lo que gracias a él sabía.
Y comencé a dormir, en mi cama, alumbrada por la luz de la luna, y con la presencia de su voz baja y un poco ronca. Con la presencia de su persona… al lado de la ventana.

martes, 11 de diciembre de 2007

Noviembre

Noche de noviembre. Me despierto empapada en sudor. Cuando abro los ojos veo el haz de luz que entra por la puerta entreabierta. Escucho de lejos el ruido de un coche, una ambulancia. Suena la lluvia. Rara vez he despertado tan temprano y de manera tan abrupta. Cuando miro alrededor vuelvo a soñar con la oscuridad. No hay nada cerca. Nada que me haga ver que merece la pena levantarme.
Vuelvo a caer en el colchón. Suspiro y cierro los ojos. Escucho la lluvia que cae en la ventana. Es un ruido soportable, casi agradable. No conozco nada más monótono. Nada que me haga sentir más tranquila.
Poco a poco, y con el murmullo de la lluvia en mi cabeza, vuelvo a dormir, soñando lentamente con un día de sol. Es algo contradictorio, lo sé. Pero no hay nada más emocionante que la lluvia, cuando puedes quedarte en casa. Cuando debes salir… no hay cosa más desagradable.
“No tienes por qué levantarte,” escucho su voz desde la puerta. “Puedes quedarte ahí tumbada. Puedes seguir durmiendo, si quieres.”
Abro el ojo izquierdo y miro hacia donde está. Luego vuelvo a dejar caer la cabeza sobre la almohada blanda y blanca, que acoge mi cabeza en su espumoso tejido.
“No…” digo lentamente y me toco la cabeza con la mano. “Debo levantarme. Tengo un día por delante.”
“Pero nadie te espera. No hay nada que tengas que hacer. ¡Nadie te obliga a levantarte!”
Me di cuenta de que tenía razón. De que nada me esperaba ahí fuera. Me di cuenta de que todo lo que yo necesitaba estaba aquí. En esta habitación. Que había soñado una terrible pesadilla solo porque pensaba tener que salir a buscar lo que no necesitaba. Había pensado durante un largo tiempo, tener que hacer lo que nadie quería, tener que hacer lo que todo el mundo temía. Y no era cierto. Al fin, yo era libre.
Miro hacia el techo. Sé que tiene razón. Hoy no tengo que levantarme. Nada me espera. Solo un día de lluvia. Y en este instante deseo que llueva más fuerte. Que no pare. Que el cielo llore lo que quiera y más. Hoy no me apetece un día soleado. Me apetece un día de noviembre. Un día de lluvia.
Ligeramente me dejo caer hacia un lado. Mantengo los ojos abiertos, mirándolo fijamente. Solo veo su silueta en la puerta, y por más que yo quisiera saber que realmente está ahí, sé que solo es una ilusión. Que solo es una jugada más de mi mente. En fin… que me lo he inventado. ¿Por qué? No lo sé. A lo mejor solo para que me diga esas cosas que no sabría sin él. Es mi lado sabio.
Deslizo la mirada y la fijo en la ventana. Veo las gotas de agua que resbalan suavemente por el cristal. Sí. Hoy me apetece un día como este. No levantarme hasta cuando sienta hambre. No escuchar el teléfono cuando llaman quienes creen necesitarme. Y si alguien se enfada… ¡qué más dará! Desearé un día más no tener nada que hacer. Y vivir de lleno un día de noviembre.

lunes, 12 de noviembre de 2007

Número 1

Esto... para Laura... un beso fuerte!

Me la encontré viendo escaparates. Su mirada reposaba fijamente en una de las chaquetas que llevaba puesta un maniquí demasiado delgado, junto a un pantalón que le quedaba como un saco. Ella no dejaba de mirarle, hasta que se dio cuenta de que me acercaba. Bajó la mirada y miró a sus pies desnudos, llenos de tierra y sangre. Había caminado demasiado tiempo, demasiados kilómetros. Había sufrido demasiadas caídas, y se había levantado de nuevo demasiadas veces.
Su pelo empapado goteaba sobre su estrecha espalda, y su pecho se elevaba y se hundía con su respiración tranquila y regular. Su falda rota y sucia solo le llegaba hasta las rodillas, y sus piernas lucían un aspecto descuidado y cansado.
Cuando me miró pensé en ayudarle. Pero no pude. Sus ojos se clavaban en los míos, dejando en ellos una huella de profundo dolor y desesperación. Yo no sabía de donde venía, ni mucho menos a donde iba. Solo que estaba allí. Y que solo yo podía verla.
En realidad era preciosa. Bella, joven y muy sensible. Y eso era lo que la hacía vulnerable. Era un pétalo de rosa en el viento, en medio de una tormenta. Una flor descuidadamente partida por un paseante.
Levantó la mano y comenzó a deslizar su dedo índice por la superficie del cristal. Yo seguía sin hacer nada. Miraba. Y nada más. Cuando volvía a mirarme, lo hacía con mucho cariño. Nunca supe por qué. Si no la conocía. No sabía quien era, ni quien la conocía.
Su chaqueta estaba remangada, le quedaba grande. Estaba rota, y pensé en darle la mía. Pero ella no la habría aceptado. Habría dicho que no. Que a mí también me haría falta. Y yo sabría que tenía razón. Lo peor estaba aún por llegar. Y ambas lo sabíamos.
Era como un lazo que nos unía. Su mirada desprendía un haz de luz que me abrazaba con el calor de la amiga que nunca llegué a tener. Y nunca tendría.
Yo escuchaba su corazón latir, sus pulmones respirar. Cogió aire profundamente y apartó la mirada de mis ojos. Rompió nuestro lazo con solo parpadear, y se apartó de mí. Sus párpados temblaban, sacudían los restos de lluvia que quedaban sobre ellos, poco antes de que echara a andar. No pude hacer nada. Solo miraba.
Las plantas de sus pies dejaban una huella húmeda sobre las baldosas casi secas. Mientras la miraba, ella se alejaba muy despacio. Era algo mágico, que la rodeaba como una manta. No pude explicarlo en aquel momento, y sigo sin hacerlo hasta hoy. La luz que brillaba de sus ojos secó las lágrimas de los míos, y mis mejillas sonrojaron sin razón alguna.
No pude evitarlo. No fui capaz de hacer nada. Cuando llegué a moverme, ella ya se había desplomado sobre el suelo. Solo tardé unos instantes en llegar a donde ella estaba, y aún así parecían años.
Cuando rocé su piel tímidamente, fue como rozar el ala de una mariposa.
“Nunca lo hagas,” decía mi abuelo, muy dentro de mi memoria infantil. “Si lo haces, no volverán a respirar.”
Inmediatamente retiré la mano y me senté junto a ella. Dudé mucho en tocarla. No tuve que hacerlo.
Sus ojos brillaban cuando los abrió. Eran claros, llenos de ternura, y en aquel instante sentí miedo. No sabía lo que podría suceder, temblaba junto a ella. Levantó la mano y tocó la mía. Fue solo un roce. Sin embargo sentí calor y por un instante cerré los ojos. Cuando volví a mirarla, ella hacía lo mismo.
Tardé mucho tiempo en comprenderlo. Cuando lentamente me estiraba junto a ella en el suelo aún húmedo, entendía que debía irse. Que era lo que era, solo porque yo la necesitaba. La había necesitado en ese instante. Me había seguido, había sido arrollada y atropellada, solo por mí. Había caído junto a mí, y se había vuelto a levantar, para que yo también lo hiciera. Para que nunca llegase a rendirme. Su trabajo había concluido. Ahora sabía lo que debía hacer.
Y tendidas sobre sus alas comenzábamos a soñar. Soñábamos de una vida mejor. Ella me contaba que necesitaba descansar. Que estaba muy agotada. Lo entendía. Yo también lo estaba. Me decía que volvería a verme.
Estuvimos mucho tiempo soñando sobre sus espumosas alas de plumas grises y blancas. Cuando nos incorporamos de nuevo, no pude mirar a otra parte. Eran enormes, y se cruzaban en la parte inferior. Fue lo último que pude pensar antes de que desapareciera.
Estuve mucho tiempo allí, de pie y sola. Pensando. Mirando al cielo. Hasta que me di la vuelta y volví por donde mismo había venido. Cuando llegué a su escaparate, miré un instante y vi la palabra que había dibujado en el cristal.
“Adiós,” murmuré y con una leve sonrisa en los labios, seguí mi camino, marcado por mi única y mejor amiga. Mi bien. Mi mal. Mi todo. Mi ángel de la guarda.